La delgada línea entre el amor y el odio
Quiero muchísimo a mi madre. Por supuesto, no le llego a Edipo ni a la suela de los zapatos pero quererla la quiero. Eso sí, tengo que admitir que cuando adelanta la vuelta de sus vacaciones sin previo aviso y mi Home Alone 3 termina de manera repentina, una corriente de ira incontrolable recorre mi ser. Me pregunto si será por este tipo de sentimientos eso que dicen que “del amor al odio hay un paso”.
Esas discusiones que llegan tras una muestra de amor irrefrenable entre dos seres certifican el desorden alimenticio que sufre la línea que separa el amor y el odio. Los humanos somos así, capaces de pasar de un estado de felicidad absoluta a odiar el mundo con todas nuestras ganas sin previo aviso. Si es que en el fondo somos todos un poco bipolares. Bueno no.
Pero no todo tiende que ser tan profundo. La moda o la música, por ejemplo, son dos paradigmas perfectos en esto de pasar del amor al odio a la misma velocidad que un Ferrari pasa de 0 a 100 km/h. Sin ir más lejos, cuando los trendsetters dijeron que se llevaban los colores flúor, todo el mundo se llevó las manos a la cabeza. Solo hizo falta que el tiempo, alguna celebrity que otra y un poco de vaselina hicieran efecto en las mentes de las personas para que todo el mundo se llenara de relojes de colores.
El amor y el odio pertenecen a dos mundos tan opuestos que, como los polos, acaban atrayéndose. Por eso, no confíes nunca en las primeras impresiones. Cautela, calma y paciencia. Tenemos que estar preparados para todo, no vaya a ser que la vuelta de las hombreras nos pille desprevenidos.
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