Yo paso de ir al gimnasio

El gimnasio, un auténtico paraíso para los que cultivan su cuerpo como si no hubiera un mañana y todo un infierno para el común de los mortales. Aunque no lo queramos admitir, a la mayoría no nos gusta el gimnasio y probablemente no nos guste nunca, por mucho que nos pasemos media vida intentando que “nos lo pida el cuerpo”.

Esos espacios llenos de máquinas de tortura no nos gustan por múltiples y variados motivos: en primer lugar (y voy al grano), los gimansios huelen mal. Nada más traspasar las puertas de un gym, no puedo evitar sentir náusesas. Ese hedor a restos de ejercicio físico acumulado tan caracterítico es, admitámoslo, todo menos agradable.

Otros de los motivos para mi pasotismo hacia los gimnasios es simple y llánamente su mécanica. Eso de hacer los mismos movimientos una y otra vez, día tras día, me resulta súmamente aburrido. Y todo eso mientras controlas tu respiración, cuentas el número de repeticiones y te concentras en no errar en tu posición. Incluso, por eso de la falta de concentración o interés,  a veces se convierte en una tarea más difícil de lo que debiera de tan repetitivo que resulta.

En mi humilde opinión, para que a una persona le produzca placer ir al gimnasio (sin olvidar todo lo que lo rodea: comprarse el equipo, pagar la nada modesta cuota mensual etc.) tiene que estar hecha de otra pasta. Yo por mi parte, lo siento mucho, no he venido al mundo para sufrir y morir de aburrimiento, por eso, yo paso de ir al gimnasio.

Imagen de flickr

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